lunes, 12 de febrero de 2018

El Tratado de Amistad Rumano-Soviético de 1948

Una de las pocos vídeos existentes, o al menos públicos, de Stalin junto a los líderes del nuevo gobierno rumano, el surgido tras la derrota y expulsión del fascismo de Rumania por el Ejercito Rojo y los soldados comunistas rumanos, es el que se realizó durante la firma del Tratado de Amistad Rumano-Soviético, en 1948. En él aparecen el líder soviético junto a Molotov, canciller de la URSS y defensor del rechazo al Plan Marshall, Gheorghiu-Dej, entonces Secretario General del Partido Comunista de Rumania, Ana Pauker, ministra de exteriores rumana, y Petru Groza, primer ministro del gobierno del Bloque Democrático, que ya no era el del rey Mihai I, que había abdicado el día 30 de diciembre de 1947, lo que dio lugar a la proclamación de la República Popular Rumana.
Manifestación en Bucarest con motivo de la proclamación de la República
Popular Rumana (diciembre de 1947)

Este tratado vincularía desde entonces a Rumania con los países de su entorno, y la encuadraría en el denominado "Bloque Socialista" frente al "Bloque capitalista" (este último ya decidido a tomar el relevo ideológico y económico del de la Alemania nazi).

La historia de este tratado se relaciona directamente con una propuesta realizada por el gobierno del todavia presidente de EE.UU., Harry S.Truman, el genocida de Hiroshima y Nagasaki. Este, bajo la excusa de ayudar a la reconstrucción de la Europa destruída tras la Segunda Guerra Mundial, propone el 5 de junio de 1947 el conocido como Plan Marshall (que toma el nombre del Secretario de Estado que lo elabora). El gobierno de Petru Groza fue invitado por los norteamericanos, al igual que el resto de los países afectados, a acogerse a dicho plan, que pretendía atraer bajo la influencia de Washington a todos los países europeos, para imponer en ellos el modelo liberal que, finalmente, se instauró en las zonas que finalmente terminaron sometidas al nuevo imperio yankee.

Esta propuesta supone una agresión al pacto tácito que existía entre las potencias vencedoras, según el cual cada una se responsabilizaría de gestionar y dirigir la reconstrucción y organización de la zona liberada por ellos. Esta política se concreto en el Tratado de Yalta, en 1945, donde se decidió la división de Alemania entre los cuatro paises "libertadores", aunque pronto las partes correspondientes a Francia, Inglaterra y EEUU decidieron unilateralmente la división de Alemania en dos, la democrática y la capitalista.

Los paises controlados por Estados Unidos y su Plan Marshall
En 1947,  pues, cuando se propone el Plan Marshall, tanto Inglaterra como EEUU habían decidido ya unificar las partes de Alemania bajo su administración, aunque Francia todavía era recelosa. Sin embargo, al final, y tras aceptar también el sometimiento a la financiación norteamericana, Francia decide unirse. Los ambiciosos planes de Washington chocarán, sin embargo, con la resistencia de las zonas administradas por la URSS. Así, el 12 de julio de 1947, Gheoghe Tatarescu, Ministro de Exteriores y Vicepresidente del Consejo de Ministros de Rumania, comunicará a Gran Bretaña y Francia su negativa a participar en la Conferencia de París, donde se iba a debatir el programa de redireccionamietno económico de Europa bajo control de Estados Unidos.

En Scanteia, órgano oficial del Partido Comunista, entonces Partido de los Trabajadores, se publica el comunicado palabra por palabra:

El gobierno de Rumania considera que la organización propuesta por el gobierno británico y francés llevará fatalmente al resultado que significa, por un lado, la perdida de independencia por la cual los países europeos deberían mantener con respecto a su política económica, y por otra parte la injerencia en los asuntos internos de estos países. Además, cualquier plan de potenciamiento económico europeo solo se puede aceptar si cuentan con el apoyo de todos los países del continente y si se apoyan en la colaboración en primer lugar de la URSS".

Las intenciones de EEUU de hacerse con el control de toda Europa son frenadas en seco en los países liberados por la Unión Soviética, y donde el componente obrero y comunista tiene mayor impotancia en las decisiones. Mientras lo que será mas tarde la Europa capitalista se pliega a las exigencias de Washington, sometiéndose a cambio del plan de inversiones que continua la fórmula de la dominación del capital sobre la fuerza de trabajo, en la Europa del Este la reconstrucción se planificará desde las premisas del Socialismo y de la lucha por la erradicación de toda explotación del hombre por el hombre.

La Alemania administrada en cuatro partes tras la victoria soviética
contra el nazismo, con el compromiso de las partes de negociar
la unificación, roto por Estados Unidos, Inglaterra y Francia
Es decir, Rumania elige confiar y colaborar con la Unión Soviética, más cerca geográficamente y que había liberado al país de los nazis de Antonescu y los genocidas legionarios. Scanteia publicará algunas noticias donde se remarcan los debates que se daban entonces en las zonas controladas por EEUU: "El Yorkshire Post y The Observer han expuesto muchas dudas: que el Plan Marshall presupone la renuncia a la soberanía nacional (...). El pueblo rumano desea vivir libre, independiente, en unión de la fuerte amistad con la Unión Soviética, con los pueblos democráticos de su alrededor y con el resto de los pueblos amantes de la libertad. Y desea que su decisión sea respetada"

El 11 de enero de 1948 una delegación rumana viaja a Moscú, conducida por el Ministro de Finanzas, el comunista Vasile Luca, acompañado de Gheoghe Maurer, Miron Constantinescu y otros miembros del gobierno. Su objetivo era negociar las condiciones del futuro Tratado de Amistad. Recordemos que el rey Mihai había dejado de ser ya Jefe de Estado del país el 30 de diciembre de 1947, fecha en la que se proclamó  la República Popular de Rumania.

El 2 de febrero de 1948, el gobierno hizo pública su decisión de que a la delegación económica que se encontraba en la capital soviética se sumara una delegación gubernamental formada por Petru Groza, el Primer Ministro, Lothar Radaceanu, Ministro de Trabajo y Seguros Sociales, Gheorghiu-Dej, Secretario General del Partido de los Trabajadores, y otros líderes del partido, como Ana Pauker, todos recién llegados de Hungría tras firmar allí un tratado de amistad con el país vecino. Un tratado de tal importancia como el Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua no podía ser firmado sin la presencia del Primer Ministro, y por ello los negociadores de Vasile Luca, tras la llegada al acuerdo, esperan la llegada de la delegacion gubernamental. 

El tratado sería firmado finalmente el día 4 de febrero por Molotov, Canciller Soviético, y Petru Groza, Jefe del Gobierno de Rumania. A esta firma pertenecen las imágenes que se muestran en el vídeo que aparece al final de la entrada. 

De los 6 artículos del tratado, los dos primeros se referían a Alemania y al compromiso mutuo de defenderse en caso de un ataque desde la nueva Alemania fascista, la surgida por la unión unilateral de la parte norteamericana, francesa e inglesa:

"Las partes firmantes se obligan a tomar todas las medidas posibles en común para enfrentar cualquier repetición de las agresiones de parte de Alemania o de cualquier otro estado que se una con Alemania, directamente o en cualquier otra forma". Se precisa además que se actuaría "en concordancia con los principios de la carta de la ONU".

Estos artículos se firman ante la evidencia de que Estados Unidos no vino a Europa a reconstruirla altruistamente, sino que su objetivo principal era controlarla, sin ceñirse tan solo a la parte que, tras el final de la guerra, quedará bajo su administración. Ante las posibilidades de que desde Alemania (todavía unida, aunque bajo diferentes administraciones) se organizara un ataque hacia la parte soviética o hacia otro país del este de Europa, la URSS firma tratados de amistad y apoyo mutuo con los países liberados por el Ejercito Rojo, comprometiéndose todos a apoyarse y defenderse mutuamente. 

El Tratado preveía una duración de 20 años, y si ninguno de las dos partes lo denunciaba con un año de antelación, se renovaría por periodos de cinco años. La agresión que supone el Plan Marshall es entendida por Molotov y Stalin como una injerencia norteamericana, a la que hoy estamos tan lamentablemente acostumbrados, y los diferentes tratados de amistad son, en principio, una forma de defensa contra lo que brillantemente anticiparon como un intento de hacerse con el control de toda Europa dirigido desde Washington, como una perpetuación del derrotado fascismo pero con máscara democrática. 

La división definitiva de Alemania en 1949 y la formación de los dos bloques económicos y militares será la consecuencia del imperialismo yankee, que enfrentará al mundo en lo que todos conocemos como Guerra Fría hasta finales del siglo XX.

En el siguiente video, como ya se ha hecho referencia más arriba, se puede presenciar el momento de la firma de aquel Tratado de Amistad Rumano-Soviético, con la presencia de Molotov y Stalin, por parte soviética y Petru Groza, Ana Pauker y otros líderes comunistas rumanos, como Vasile Luca o Gheorghiu-Dej. 



domingo, 4 de febrero de 2018

Friedrich Paulus, el mariscal derrotado en Stalingrado, acabó convencido de la superioridad del Socialismo

Friedrich Paulus (1890-1957), el general, nombrado a última hora Mariscal, que comandó el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial y perdió la batalla de Stalingrado, fue capturado el 31 de enero de 1943, culminándose la victoria del Ejército Rojo sobre las tropas alemanas y de sus aliados rumanos, checos y húngaros (también fueron derrotados los españoles de la División Azul) que iniciaría el imparable avance soviético hacia Berlín. Al contrario de lo que mandaba la tradición, según la cual los Mariscales alemanes no se rendían jamás y, en caso de derrota, se suicidaban,  Paulus acabaría colaborando con las autoridades socialistas, viviendo en Moscú, y después en la República Democrática Alemana, y reconociendo la superioridad del Socialismo en todos los sentidos frente a la barbarie capitalista.

Paulus en los juicios de Nuremberg
En enero de 1943 la derrota del ejército nazi en la legendaria Batalla de Stalingrado era obvia. El histórico choque que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial había durado seis meses y medio (desde julio de 1942). La URSS perdió más de un millón de soldados, Alemania , unos 950.000. El 6.º Ejército bajo el mando del teniente general Friedrich Paulus fue rodeado, sus días estaban contados.

En estas condiciones Adolf Hitler promovió a Paulus a uno de los rangos más altos en el Reich, mariscal de campo. En su último radiograma, el Führer hizo una sugerencia bastante inequívoca: "ningún mariscal de campo alemán jamás ha sido capturado". Hitler esperaba que Paulus, si estaba rodeado, se suicidara. Pero el mariscal de campo eligió la vida y se rindió el 31 de enero de 1943.

Para Moscú la rendición de Paulus era importante no sólo en términos de prestigio. Después de la invasión de Alemania a la URSS, el gobierno soviético, junto con los comunistas alemanes, que habían emigrado a la URSS en la década de 1930 (después de que los nazis llegaran al poder) crearon una organización antifascista compuesta por prisioneros de guerra (como también hicieron con los rumanos y otras nacionalidades).

Después de la batalla de Stalingrado, que menoscabó gravemente la fe de los alemanes en alcanzar la 
Imagini pentru paulus en dresde
Paulus en una conferencia en Berlín
victoria, 91.000 soldados de la Wehrmacht fueron hechos prisioneros - una ocasión bastante prometedora para asentar esa organización. EN julio de 1943, la URSS formó el Comité Nacional para una Alemania Libre, luego la Unión de Oficiales Alemanes bajo la supervisión del general capturado Walther Kurt von Seydlitz-Kurzbach. Pero para una exitosa propaganda anti-nazi, Kurzbach no era suficiente. El gobierno soviético necesitaba un alemán realmente famoso, alguien como Friedrich Paulus.

Cuando se enteró de la creación de la Unión anti-fascista de los soldados alemanes, Paulus al principio "la condenó duramente y de forma escrita recomendó a todos los prisioneros de guerra alemanes que no se unieron a ella", según el historiador Mijaíl Búrtsev.

Sin embargo, pronto Paulus cambió su punto de vista. En su dacha de Dubrovo, cerca de Moscú, fue comprobando cómo funcionaba el Socialismo soviético, además de asistir al avance de la inevitable derrota del Reich ante el imparable avance del Ejército Rojo y el frente común de todos los trabajadores de Europa en diferentes formaciones de resistencia. 

Los Aliados se vieron forzados,  tras la victoria soviética en Stalingrado, a abrir el segundo frente que Stalin les había pedido insistentemente sin éxito hasta entonces, para debilitar el avance alemán hacia el interior de Rusia. El objetivo de Estados Unidos y del capitalismo internacional era que los alemanes acabaran con el socialismo soviético, por lo que aplazaban la necesaria invasión de Europa hasta comprobar si Hitler era capaz de quitarles su principal problema (que no era precisamente el fascismo, pariente del capitalismo) de encima. Además, la noticia de la ejecución en Alemania del amigo general de Paulus, Mariscal de Campo Erwin von Wirzleben, por su participación en la conspiración anti-Hitler del 20 de julio de 1944, también influyó en su cambio de mentalidad. 
Imagini pentru la espada de stalingrado
El 8 de agosto de 1944, año y medio después de haber sido hecho prisionero, el mariscal de campo Paulus habló en Radio Alemania Libre y se dirigió a los soldados de la Wehrmacht: "Para Alemania la guerra se ha perdido, esta es la posición en la que el país se encuentra como resultado del liderazgo de Adolf Hitler, y Alemania debe renunciar a Hitler".

Este fue el primer discurso antihitleriano de Paulus, pero no el último. Se unió a las filas de la Unión de Oficiales Alemanes y realizó muchos llamamientos al pueblo alemán. Como cuenta el historiador Vladímir Markovkin, Paulus incluso pidió una audiencia personal con Stalin, pero éste se negó a concedérsela a un prisionero alemán.

Uno de los discursos más anti-nazis del mariscal de campo fue su testimonio durante los juicios de Nuremberg del 11 al 12 de febrero de 1946. Como alguien que participó en el desarrollo de la Operación Barbarroja, fue un testigo importante en la acusación de los generales Wilhelm Keitel y Alfred Jodi (ambos fueron ejecutados).

Después de Nuremberg, Paulus regresó  a la URSS, donde vivía en una dacha cerca de Moscú. El trabajo con el gobierno soviético continuó. Paulus incluso trabajó como consultor en la película de Vladimir Petrov, La batalla de Stalingrado (1949). Finalmente, cuando dejó la URSS, no quiso regresar a la Alemania capitalista que había dejado para dirigir las tropas alemanas de la Operación Barbarroja, sino que se instaló en Dresde, República Democrática Alemana, trabajando como jefe civil del Instituto de Investigación Histórica Militar de la RDA. Murió allí de una enfermedad en 1957.

sábado, 27 de enero de 2018

Arte al servicio del pueblo en la República Popular Rumana: Escultura

Imagini pentru arta pentru popor"Nosotros, los socialistas, hemos de desenmascarar esa hipocresía y arrancar las falsas insignias, no para obtener una literatura y un arte desgajado de las clases (lo que no será posible hasta que exista la sociedad socialista sin clases), sino para oponer a ese arte que se pretende libre hipócritamente, estando como está ligado a la burguesía, otro verdaderamente libre, abiertamente ligada al proletariado".

 Así lo explicaba Lenin en su artículo "La organización y el arte del partido", y eso es lo que empezó a suceder en los primeros años de la República Popular Rumana, proclamada en 1948 hasta que fue sustituida por la República Socialista de Rumania, en 1965.

A pesar del anticomunismo como ideología oficializada por la burguesía aferrada al poder y con terror a perderlo de nuevo, el año pasado se organizó en la capital de Rumanía, Bucarest, una exposición recopilatoria sobre el realismo socialista durante la República Popular Rumana (1948-1965), en la que, ya desde el título, se intuye que no es un homenaje a la cultura obrera de los primeros años del Socialismo rumano, sino una manera de quitarle importancia.

Boris Caragea, "El encuentro", (1950)

Así, en "¿Arte para el pueblo?", título de la exposición, se pretende cuestionar que la cultura de la República Popular Rumana fuera verdaderamente "popular", aunque, finalmente, como suele pasar en todos los países del este de Europa en los que hubo un tiempo en el que la burguesía perdió sus privilegios y el poder o estuvo a punto de hacerlo, les salga el tiro por la culata y consigan todo lo contrario a lo que intencionaban.

En la exposición "¿Arte para el pueblo?", donde se recopilan los principales exponentes de la cultura socialista de los años de la R.P.R., no se aprecia otra cosa que aquel "arte verdaderamente libre, ligado al proletariado" que definía Lenin en su "La organización y el arte del partido": un arte dirigido al pueblo, que homenajeaba a trabajadores, trabajadoras, sus luchas y sus victorias, y que, y eso es lo que más duele a la burguesía que hoy en todo el antiguo campo socialista ha recuperado el poder, se demuestra, como también sucedió en todas las facetas de la producción (industrial, deportiva, agrícola, científica o cultural), que la burguesía es totalmente prescindible para construir riqueza, belleza, ciencia o potencia militar.

Pretendemos en VKR publicar una selección de las principales obras incluídas en el catálogo de la exposición, y para ello hemos comenzado por la escultura.

A continuación podéis disfrutar de variados ejemplos  del poder de la escultura al servicio del pueblo, realizada por y dirigida a la clase trabajadora durante la República Popular Rumana (1948-1965):

Boris Caragea, "Lenin", (1957)
Stefan Csorvassy, "Partisanos Coreanos", (1951)
Peter Bologh, "Jóvenes comunistas en la lucha clandestina",
(1953)

Boris Caragea, "El encuentro", (1950)

Romulus Ladea, "Obrero", (1948)
Iosif Fekete, "Vigilancia de clase", (1948)
Ion Jalea, "Campesina", (1958)
Lelia Zuaf-David, "La primavera de la paz y
de los pueblos", (1956)
Lelia Zuaf-David, "C.I.Parhon, primer presidente
de la República Popular Rumana", (1955)
Maximilian Schulmann, "Stalin en el VII Congreso" (1950)

Maximiliam Schulmann, "La cosecha será nuestra", (1953)

Mihai Onofrei, "Construyendo la línea férrea", (1950)

Iosif Fekete, "El cartero", (1953)
Iulia Onita, "Soldado de la República Popular Rumana", (1953)

Ion Jalea, Bajorrelieve, "Las enseñanzas de Lenin", (1959)

Constantin Lucaci, "Nadador", (1954)


Zoe Balcoianu, "Revolución de 1917", (1950)
Ion Irimescu, "Trabajador de Altos Hornos", (1958)

Geza Vida (Brigadista Internacional rumano en España):
"Revuelta", (1957)
Cristea Grossu, "Reforestación", (1956)

Marc Constantinescu, "Juventud Obrera", (1962)

Naum Corcescu, "Victoria", (1960)

Boris Caragea, "Rompiendo las cadenas",
(1960)

Ovidiu Maitec, "La tejedora", (1960)

Leila Zuaf-David, "Retrato de comunista", (1960)
Constantin Lucaci, "Trabajador de altos hornos", (1961)

Ion Vlad, "Liberación", (1961)

Constantin Lucaci, "La construcción del Socialismo", (1960)

Ion Jalea, "Partisanos", (1960)

Naum Corcescu, "Revuelta campesina de 1907", (1960)
Ion Irimescu, "Víctimas de la huelga de Lupeni de 1929", (1960)
Geza Vida (Brigadista Internacional rumano en España), "Minero", (1960)

viernes, 26 de enero de 2018

Eugen Jebeleanu: "La fuente de Corea"; poema sobre la Guerra de Corea y los crímenes de guerra norteamericanos

Eugen Jebeleanu (1911-1991) fue un poeta antifascista, militante desde su juventud del Partido Comunista Rumano. En los años 30 de entreguerras era constante colaborador de las revistas de izquierda del país, convirtiéndose tras la liberación del pueblo rumano, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en uno de los principales representantes poéticos y teatrales del realismo socialista.

Imagini pentru eugen jebeleanu poemSu éxito internacional llegó cuando escribe el volumen de poemas "La sonrisa de Hiroshima" (Surâsul Hiroshimei), en el que denuncia el horror provocado por Estados Unidos tras lanzar sus bombas atómicas contra la población civil japonesa, exigiendo que no olvidemos nunca a los asesinos:

"recordad, eternamente recordad
a todos los muertos desconocidos de Hiroshima
y no olvidéis jamás quién fue el asesino".


Tambíén plasmó su ideología en poemas dedicados a la clase trabajadora, como "La voz del obrero", donde llama al papel constructor de los proletarios para construir las ciudades, las fábricas, el futuro:

"Con todos los que sufren / los que luchan / levantaré de nuevo la ciudad".

Un Vallekano en Rumania  ha traducido y publicado anteriormente algunos de sus poemas, y en esta ocasión hace lo propio con el primero de una pequeña obra poética dirigida a la juventud comunista rumana que escribiera en homenaje a la lucha del pueblo coreano contra la agresión norteamericana en lo que se conoció como Guerra de Corea, y que titulara "De amor e ira" (De dragoste si manie), que consta de cuatro poemas: "La fuente de Corea", "Guerra bacteriológica", "La maldad" y "El verdugo".

Se trata de un conjunto de cuatro poemas enmarcado en una obra más amplia que Jebeleanu llama "Cánticos al bosque juvenil", publicado en 1953 por la Editorial de la Juventud del Comité Central de la Unión de Jóvenes Comunistas Rumanos (Editura Tineretuli a CC al UTM, 1953), que, como hemos dicho más arriba, está dirigido a las nuevas generaciones de comunistas que  formaban la base del futuro del socialismo rumano. Los dibujos que los acompañan son del también comunista Jules Perahim, ilustrador y pintor conocido por realizar el famoso cuadro La lucha de los pueblos por la paz, una de las más impresionantes obras pictóricas del realismo socialista rumano. 

En esta entrada, publicamos el primero de los cuatro poema del poeta revolucionario de su denuncia de las masacres norteamericanas en Corea, "La fuente de Corea", que hemos traducido al castellano y que podéis leer a continuación; el poema empieza un fragmento de un informe de uno de los Comités de verificación de las atrocidades de Estados Unidos contra el pueblo coreano:

***

LA FUENTE DE COREA 
(Primero de una serie de cuatro poemas de Eugen Jebeleanu de 1953 dedicados a la lucha del pueblo coreano contra la agresión imperialista de Estados Unidos).

"...La misma testigo ha dado testimonio de que cuando la llevaban para ser torturada vio como arrojaban vivos a algunos detenidos en el pozo del patio. Los miembros de la Comisión verificaron este pozo, comprobando que sus paredes eran de unos 60 cms, un diámetro de 1 metro, y una profundidad de 7-8 metros. En los momentos en los que el sol dirigía sus rayos hacia el pozo se veían con claridad los cadáveres. Entre los cuerpos amontonados uno de los más cercanos a la superficie era el de un niño vestido con una blusa oscura con botones brillantes... (Del informe del Comité Internacional de Mujeres para la constatación de las salvajes atrocidades de las tropas norteamericanas en Corea)".

No había empezado la guerra todavía
entonces, en la capital de Corea.

Ilustración de Jules Perahim al poema de Jebeleanu
El cielo estaba despejado y tranquilo, 
los niños –bronceados – jugaban en el asfalto.

Las mujeres, agachadas sobre la mesa,
pensando en ellos, preparaban la comida.

Al llegar los padres de las fábricas.
no revolotaba en el aire ni una abeja,

no se movía ni una hoja. En la ciudad,
sonaban los últimos pasos que llegaban a casa.

La ciudad entera preparaba la mesa,
cuando, de repente, relinchó un potro en un establo.

Un viento parecía soplar gélido, como en la noche.
Todos los árboles, asustados, se removían.

Volaba un pájaro y, detrás, muchos otros.
tropezaban con sus alas, espantados,

ocultos entre las copas de los árboles y los tejados.
Blanca como la cera se hizo la luz del día.

Truena. Estalla el aire en jirones.
Los niños se aglomeran junto a sus madres.

Los cañonazos hacen temblar la ciudad.
Los destellos en el cielo dejan ver al enemigo.

En oleadas, las fortalezas volantes
cubren, sofocandolo, el sol:

¡Americanos! Palmo a palmo
arrojan su fuego cronometrado.

Cae una mujer frente a la puerta,
mientras el arroz bulle en la cazuela.

Tres aviones veloces,  con ráfagas cortas
apuntan a los niños que corren por el patio.

Cayeron muertos los ancianos junto a las cucharas,
los perros encadenados se ahorcaban solos.

Sobre sí mismas, las casas se transforman
en escombros, cenizas y descampados.

Cuando estaba la ciudad envuelta en humos
apareció la infantería.

Todavía quedaban hombres vivos:
los concentraron en las plazas fantasmales,

y  les hablaron despacio, en su lengua,
apuntando a cada uno fríamente.

Al niño manco del brazo diestro
le pusieron, sonriendo, el fusil en el pecho,

y dispararon, tomándoselo a broma,
mientras masticaban, tranquilos, un chicle.

…Quedaba en la ciudad solo una fuente,
como un ojo abierto en la tierra muda.

Como un espejo la fuente fue testigo
de todo el horror que hoy refleja.

La cegaron los criminales con los enfermos
que aun vivían.

La atascaron llenandola hasta lo más hondo
tirando en ella a madres e hijos.

Arrojaron en el agua profunda de la fuente
mezclados a jóvenes y viejos.

Y se marcharon. Nadie quedó vivo.
La ciudad parecía un cementerio.

Lo que había sido un día un manantial
se convirtió en seca fosa.

…Pero, ¡mira!, los ojos del mundo se asoman
a la fuente de Anac: ¡no está seca!

Está llena de sangre. No se vería si no
brillara algo, como un faro.

Desde la oscuridad de la fuente reluce
un botón de latón.

Mirando hacia Corea se le ve fulgurar
en la chaqueta de un niño.

Con hilo grueso y resistente la madre
lo cosió con gran cuidado.

Lo veo centellear. Un botón que lleva
mi propio hijo, que sale ahora por la puerta.

Un botoncito cuyos rayos se revuelven
señalando a sus asesinos de New York.

Lo veo y en su haz, ay verdugos, !que bien se ve
vuestra cercana destrucción!

Corea entera se levanta en armas,
responderá y, con su fuego, ¡os destruirá!

Desde todo el mundo, también desde mis Cárpatos,
salen chispas de los ojos de los niños.

En vano buscaréis otras fuentes
para lavar la sangre de vuestras manos.

Ojos cristalinos inocentes os petrificarán
allá dónde os encontréis.

Os congelará la ira de los hombres, 
la maldición del padre y de la madre.

Cualquier pozo será una garganta
que sangra, grita y acusa.

Cualquier fuente una boca de
piedra áspera de odio endurecido.

Todos a los que habéis asesinado no han muerto del todo.
De las cenizas de Corea hacemos libros,

para que los lean las gentes, los lleve el viento,
para que os abomine toda la tierra.

¡No! No habéis acabado con aquella fuente, no está ciega,
sus miles de bocas ansían tragaros.

Mientras nos muestran como odiaros,
cómo luchar, cómo derrotaros.

Eugen Jebeleanu, 1953



jueves, 25 de enero de 2018

Carta de dos trabajadoras alemanas a la candidata del Partido Comunista Obrero Ruso a la presidencia de Rusia, Natalia Lisitsyna

Imagini pentru partido comunista obrero revolucionario rusiaRecientemente el Partido Comunista Obrero Ruso-Partido de los Comunistas Revolucionarios (РКРП-РПК) presentó como candidata a las próximas elecciones presidenciales de la Federación Rusa a Natalia Sergeevna Lisitsyna, gruista y conocida líder sindical, a la vez de militante activa del partido del proletariado ruso. 

En la entrevista realizada a la candidata comunista por la agencia Chita.ru., esta afirma que el problema principal de la Federación Rusa es el capitalismo, que las empresas no tienen que estar en manos privadas, y que solo la auto-organización obrera puede cambiar realmente las cosas, frenar las privatizaciones de los presidentes anticomunistas que han estado en el poder desde 1991 (Gorbachov, Yeltsin, Putin o Meddevev), y parar la destrucción de los derechos conquistados por la clase obrera soviética desde 1917. "Los trabajadores necesitan reflexionar un momento sobre lo que tenían y lo que les queda ahora. Pero todos tienen miedo. Hay que mostrarles que son 100 millones y que tienen la fuerza en sus manos. Ya la tuvieron y tienen que recuperarla".

La sindicalista comunista, Natalia Sergeevna Lisitsyna, trabaja como operador de grua en la Fábrica Kirov de la que los mafiosos que gobiernan Rusia desde 1991 llaman hoy San Petersburgo (realmente, Leningrado) y defiende que los traidores parlamentarios que fueron comunistas y hoy son defensores del capitalismo, traidores a la causa de Lenin, solo van a las urnas por los privilegios y el poder personales, y no para servir al proletariado. Los padres de Natalia Sergeevna Lisitsyna son de la hoy abandonada por las autoridades regíon de Trans-Baikal, y sostiene que la lucha de clases sigue vive y que el futuro de Rusia es "rojo".

El  Partido Comunista Obrero Ruso-Partido de los Comunistas Revolucionarios ((РКРП-РПК)   tiene firmes vínculos con el Partido marxista-leninista de Alemania (MLPD). A pesar de varias discrepancias ideológicas y teóricas, ambas partes se solidarizan con el trabajo necesario con el proletariado para lograr un cambio revolucionario del orden social existente.
Natalia Sergeevna Lisitsyna, candidata comunista a la Presidencia
de la Federación Rusa

Recientemente, la dirección del MLPD envió a la dirección del РКРП-РПК un documento muy interesante: una carta dirigida a Natalia Sergeevna Lisitsyna, la candidata de los trabajadores en las próximas elecciones presidenciales rusas y firmada por dos de sus colegas, operadoras alemanas de grandes grúas industriales. La oficina editorial del sitio ROT FRONT ha publicado esta carta. Mientras, los trabajadores alemanes aprenderán de la lucha de Lisitsyna de las páginas del periódico Rote Fahne (Bandera Roja).

Las dos citadas operadoras de grandes grúas industriales alemanas, sindicalistas y militantes del Partido marxista-leninista de Alemania (MLPD), han expresado en la misiva su solidaridad con Natalia Sergeevna Lisitsyna, candidata presidencial del  Partido Comunista Obrero Ruso-Partido de los Comunistas Revolucionarios ((РКРП-РПК)  . La carta es la siguiente:



"!Querida Natalia!

Hemos sabido de su exitosa lucha para construir un sindicato fuerte en la Fábrica Kirov, donde trabajas. Hemos quedado muy impresionadas Sabemos que ahora estás sometida a la presión de la administración de la empresa, algo inaceptable. Hemos estado escuchando cómo tratan de reprimirte y aislarte, y también hemos sabido que tú y tus camaradas luchan valientemente contra ellos. Mucho de esto nos recuerda nuestra propia lucha. Os expresamos nuestra solidaridad en este combate. Sin duda, vamos a hacer lo posible para que la gente en Alemania conozca la situación.



Somos Ute y Anne, de Alemania. Hemos estado trabajando durante años como operadores de grúas industriales. Ute ha trabajado en una fábrica de acero, que se cerró en 2015, mientras que Anne ha estado trabajando en la sección de laminado en frío. Ahora tenemos otros lugares de trabajo, en la producción de chapa de acero en la ciudad de Dortmund.

Pertenecemos a esos cien mil trabajadores de la acería cuyos lugares de trabajo están en peligro debido a la llamada "reorganización" de la industria del acero. Con la fusión planificada de TKSE (ThyssenKrupp Steel) y Tata Steel Europe, la gerencia de TKSE desea recuperar el liderazgo del mercado mundial mediante la reducción de miles de puestos de trabajo y la precarización de las condiciones laborales. Organizamos nuestra lucha contra la empresa. Sin embargo, se necesita una huelga internacional, en todos los centros de trabajo, para evitar sus intenciones. Y como representamos esta lucha, también estamos sujetos a represiones en la fábrica. La presión no está dirigida hacia nosotras personalmente, sino en calidad de líderes del movimiento obrero. Cuando esta lucha se convierta en el problema de todos los trabajadores, inevitablemente conseguiremos parar sus planes.


Igualmente, queremos mantenernos conectados con los trabajadores rusos. También nos hemos enterado de su candidatura frente a Putin en las elecciones presidenciales ¡Maravilloso! Esto nos impresiona mucho. Aquí, en Alemania, nuestra "Lista Internacional / MLPG" presenta a nuestros candidatos, teniendo un verdadero programa de los trabajadores y para los trabajadores. Muchos obreros participan firmemente en esta alianza electoral; como un ex trabajador de Opel de la ciudad de Bohum, líderes mineros en la ciudad de Dortmund, y líderes de las huelgas del sector del acero de finales de la década de 1980 en la ciudad de Duisburg-Rheinhausen. La intensificación de la actividad de los trabajadores y su incursión en la política son requisitos previos para lograr cambios reales en la sociedad. También hemos luchado siempre por la la idea "trabajadores a la política" y, por lo tanto, estamos muy contentas de que también sea su guía. Es exactamente por eso por que nos alegramos de ver a una trabajadora como tú presentando su candidatura contra Putin.


La fábrica de Kirov tiene una enorme importancia histórica para nosotros en Alemania. Sus huelgas facilitaron significativamente la Revolución de Febrero y fueron un gran paso adelante hacia la gran Revolución de Octubre y en la lucha por la revolución socialista mundial, para lo cual también estamos trabajando hoy en día.


¡No es injustificado que la clase dominante tema a mujeres tan valientes y seguras de sí mismas como vosotras y como nosotras! Nuestra lucha confirma nuevamente el lema comunista: "Proletarios de todos los países, uníos!". No solo en las palabras, también en los hechos.


¡Te deseamos a ti y a tus camaradas de lucha mucho éxito y un año nuevo militante! ¡Esperamos tus noticias!


Con cordiales saludos,


Ute y Anne"

viernes, 19 de enero de 2018

El asesinato de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht

Elisaveta Yakovlevna Drabkina, hija de la bolchevique Feodosia Drabkin ("Natasha") y de Iakov Drabkin, quien, con el seudónimo "Sergei Gusev", luego sería Presidente del Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado, tuvo una vida íntimamente ligada al Partido Bolchevique y a la Revolución Rusa.
Imagini pentru rosa luxemburgo y karl liebknecht
En su infancia, Drabkina acompañaba a su madre en viajes a Helsinki para comprar armas para los bolcheviques. Cuando tenía cinco años la represión que siguió a la Revolución de 1905 obligó a su padres a pasar a la clandestinidad. Ella no volveria a verlos hasta la Revolución de Octubre, 1917. 

En su adolescencia se incorporó al Partido Bolchevique, fue voluntaria de los Guardias Rojos y participó en la toma del Palacio de Invierno. A los 17 años de edad pasó a servir de secretaria a Yakov Sverdlov en el Instituto de Smolny. En los años siguientes se casó con el también bolchevique, Aleksandr Solomonovich Iosilevich, de quién luego se divorciaría.

Sus obras, algunas publicadas póstumamente, enfocan en los eventos y las figuras que definieron su vida, principalmente su experiencia revolucionaria, los revolucionarios con los que compartió militancia y la Revolución de Octubre hasta aquel 26 de octubre, 7 de noviembre de 1917, en el que Lenin, en Smolny, diría aquello de "Camaradas: la revolución obrera y campesina, cuya necesidad han proclamado siempre los bolcheviques, ha triunfado...".

Imagini pentru spartakus rosa luxemburgoEn su obra Pan duro y negro, Elizaveta Drabkina, que representa el papel activo y protagonista de la mujer rusa en la lucha revolucionaria que dio lugar al primer estado obrero de la historia, la Rusia Soviética y, luego, la URSS, describe su vida previa a la Revolución, la militancia clandestina de sus padres y, en definitiva, la suya propia, sus experiencias junto a Lenin, o Nadejda Krupskaia, y su participación en primera persona en los acontecimientos principales del triunfo de la clase trabajadora y campesina rusa en la noche del 6-7 de noviembre de 1917 (25-26 del calendario juliano oriental), además de la posterior guerra civil contra el terror blanco y los estados imperialistas que lo apoyaron que terminaría, como continuación del espíritu revolucionario de Octubre, en la victoria del proletariado soviético y el triunfo total de la Revolución.

También conocería a Rosa Luxemburgo y a Carlos Liebknecht, estando en Berlín aquel funesto día, 15 de enero de 1919, en el que la burguesía acabara con la vida de ambos intentando destruir al movimiento obrero y revolucionario alemán.

Compartimos a continuación los capítulos en los que Feodosia Drabkin describe su estancia en Alemania y su contacto con los máximos representantes del movimiento espartaquista, además de narrar el cobarde asesinato  durante su traslado a prisión, por sicarios del gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert, de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht.

Así termina Drabkin su relato:

"Detrás de los dentados tejados de Kitaigorod apuntaba el disco anaranjado de la luna. Entre las columnas de la Casa de los Sindicatos pendían, enmarcados en rojo y con crespones de luto, los retratos de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, al pie de los cuales estaba escrito con grandes letras: El mejor desquite por la muerte de Liebknecht y Luxemburgo es la victoria del comunismo!""

Entrevistas en Berlín

Desde la estación nos encaminamos a casa de una hermana de Kurt llamada Erna. Kurt sabía que la única hija de ésta había muerto y el marido había caído en Verdún.
En las calles se agolpaba un gran gentío. Constantemente se oía un ruido extraño. Eran las suelas de madera que golpeaban las losas de las aceras. Un inválido ciego al que faltaban las dos piernas, sentado en un carrito, arrancaba a un acordeón las notas de una melancólica canción. En las paredes de las casas había pegados carteles en colores negro, blanco, rojo y verde. En letras gruesas repetían infinitamente: "¡"Spartak" nos conduce a la tumba; el orden nos dará el pan!", "¡Orden o bolchevismo!", "¡Orden o hambre!", "¡Orden o muerte!" "Abajo "Spartak"!", "¡Abajo los bolcheviques!"
La hermana de Kurt vivía en una casa grande de ladrillo, habitada por gente pobre de la ciudad. En el patio jugaban sin alegría niños macilentos y mal vestidos. Por una escalera estrecha y empinada, con barandilla de hierro, subimos al sexto piso. Nos abrió la puerta una mujer de rostro demacrado con las manos llenas de espuma de jabón. Hacía sólo tres años que no se veían los hermanos. Sin embargo, de momento, no se reconocieron.
Según habíamos convenido, Kurt previno a la hermana que debía presentarme a los vecinos como su esposa. Erna me sacó un vestido y ropa interior de su difunta hija y puso agua a calentar. Mientras Kurt y yo nos lavábamos uno después de otro, la hermana salió de compras.
Sobre la mesa apareció una pomposa tarta de bizcocho con fruta confitada, salchichón y el té servido en las tazas. Pero la tarta era de patata helada; la fruta confitada, de una viscosa pasta de almidón con sacarina; el chorizo, de guisantes y el té, una infusión de hojas de haya. Para comprar todo aquello, Erna había vendido su único anillo de oro.
Estábamos tan cansados que dormimos casi 24 horas como lirones. Al día siguiente, Kurt marchó a buscar a sus camaradas y yo me quedé en casa. Llamaban constantemente a la puerta: eran vecinas que venían a ver a la "pequeña mujer rusa". Conseguimos entendernos de alguna manera; ellas me preguntaban y yo les preguntaba a ellas. Cualquiera que fuera el tema de la conversación, ineludiblemente iba a parar a lo que más torturaba su imaginación: el hambre.
En Rusia conocíamos bien lo que era el hambre. Meses enteros vivimos con medio cuarterón de pan y hubo días que ni siquiera eso recibíamos.
Y de todos modos el hambre que nosotros sufríamos era distinta de la que me contaban las mujeres de los obreros alemanes. Nosotros pasábamos hambre a causa de la guerra; ellos, en aras de la guerra. Nuestro hambre era una desgracia de la que siempre teníamos la esperanza de librarnos tan pronto tomáramos el Poder, tan pronto derrotáramos a los blancos y a los intervencionistas y pusiéramos en marcha la producción. El hambre de ellos era el hambre de los condenados.
Era un hambre calculada, reglamentada por la máquina implacable de la guerra. Se había previsto con muchos años de antelación cada espiga que debía crecer, cada recién nacido que debía morir de hambre apenas venido al mundo, cada adolescente que debía llegar a mozo para después hacer de él carne de cañón.
Ahora la máquina militar alemana se había derrumbado, pero el hambre continuaba. La socialdemocracia encaramada en el poder rechazó el pan de los obreros rusos prosternándose ante el Presidente de EE.UU. Hacía ya mes y medio que estaba tirada a sus pies, y Wilson hacía con Alemania el frío juego del ratón y el gato. Hasta entonces, no había dado ni un gramo de víveres. En lugar de pan asaeteaba con incontables mensajes, en los que con repugnante gazmoñería e hipocresía se extendía en consideraciones acerca del humanismo y la civilización, exigiendo al mismo tiempo que Alemania acabara con "Spartak", estrangulara a los comunistas alemanes. Entonces Norteamérica daría pan. El pan lo serviría solamente sobre la tumba de la revolución.
Ebert y Scheidemann no deseaban otra cosa. Señalaban a la clase obrera alemana la muerte por hambre que se cernía sobre sus cabezas y decían: "¡Mira! ¡Esa es tu alternativa: el hambre o la revolución! ¡Si no quieres morir de hambre, acaba con la revolución!"
Al segundo o tercer día de llegar asistimos a una reunión sindical de los electricistas del distrito. La reunión se celebraba en una cervecería, repleta de gente. Los obreros estaban sentados alrededor de las mesitas, bebían cerveza adulterada, echaban bocanadas de humo de algo que quería parecerse al tabaco. Muchos estaban de pie en los pasillos o sentados en las ventanas. En el estrado, sobre la mesa de la presidencia, se elevaban las canosas cabezas de los "bonzos sindicales". Cada uno tenía delante una jarra llena de cerveza hasta los bordes.
Empezó la reunión. Se concedió la palabra a unos de aquellos "bonzos". Mostró suavemente su disconformidad con las acciones de Wilson y su acerba indignación contra la actuación de los espartaquistas y propugnó que se hicieran voluntariamente restricciones: solamente éstas podían asegurar la victoria de la revolución. Afirmaba que era necesario defender la propiedad y el capitalismo, pues sin el capitalismo no hay trabajo ni pan. Algún día, cuando llegara la hora, se degollaría al marrano, pero hasta entonces, debían evitar que estirara la pata, cebado bien, para que diera más tocino.
El discurso del orador era interrumpido por ruido y gritos que partían de distintos sitios.
La atmósfera se fue caldeando. Pero de pronto los "bonzos" de la presidencia se intranquilizaron y todos al mismo tiempo dirigieron la vista a la puerta de entrada. La sala se estremeció. En las filas de atrás se oyeron exclamaciones de saludo. Todos se pusieron en pie, muchos se quitaron los sombreros y empezaron a lanzarlos a lo alto gritando: "¡Viva Liebknecht!", "¡Viva el jefe del proletariado alemán!"
Liebknecht entró lentamente en la sala. Era un hombre de elevada estatura, entrecano, de cara delgada, ojos profundos y relucientes que parecían iluminar su rostro. En los últimos años, la vida le había deparado una cadena continua de pruebas: el frente, el tribunal de guerra, trabajos forzados; ahora, hacía esfuerzos sobrehumanos para salvar la revolución.
El discurso de Liebknecht fue una resuelta condena a los scheidemannistas, que habían vendido y traicionado la revolución, una condena a las gentes fluctuantes: los Kautsky, los Haase y otros de su jaez, cuya traición enmascarada era más peligrosa aún.
Liebknecht dijo que el 9 de noviembre los obreros y soldados habían tomado el poder, pero lo perdieron inmediatamente debido a que los scheidemannistas, con la connivencia de los "independientes", débiles de carácter, fueron devolviendo por partes el poder a la oficialidad reaccionaria. Exigió que Hindenburg y los generales del Kaiser, que de hecho dirigían los Soviets de Soldados, fueran inmediatamente destituidos y arrestados. Desenmascaró a Ebert y Scheidemann y mostró que no se ocupaban de otra cosa que de perseguir al "Spartak", desarmar a los obreros y armar a las bandas contrarrevolucionarias. Citó hechos que atestiguaban con evidencia irrebatible que ya se había creado la guardia blanca, que disponía de infantería, caballería, artillería pesada y ametralladoras. Los regimientos de guardias blancos, acantonados entre Berlín y Potsdam, estaban destinados a aplastar al proletariado revolucionario de Berlín.
- ¡El Gobierno Ebert-Scheidemann ha asestado una puñalada a la revolución! -exclamó Liebknecht-. Si triunfa la contrarrevolución, estos perros sin escrúpulo alguno llevarán al paredón a decenas de miles de obreros. Si el proletariado tolera que Ebert y Scheidemann sigan mandando, pronto volverá la más negra reacción. ¡Que se vayan al infierno esos señores! ¡Viva la revolución alemana y mundial!
Desde la presidencia, los "bonzos" trataron de interrumpir a Liebknecht con gritos, pero luego optaron por callar, al darse cuenta de que los ánimos del auditorio no estaban de su lado. Parte de los que llenaban la sala ahogó las palabras de Liebknecht con sus clamorosos aplausos, los restantes escuchaban en medio de un silencio sombrío, abatidos por la incontestable verdad de sus argumentos. Aunque aquellos honestos proletarios berlineses experimentaban gran confusión a causa de los muchos años de mentiras scheidemannistas, la intuición de clase les llevaba hacia Liebknecht, hacia el "Spartak".
Para que esta tendencia interna se convirtiera en apoyo activo, real, hacía falta tiempo. Los scheidemannistas decidieron no dar este tiempo al proletariado alemán y empezaron a buscar pretextos para echar a las masas a la calle y provocar una matanza sangrienta.
Cuando partí de Moscú, el Comité Central del Komsomol me encomendó transmitir a los jóvenes espartaquistas alemanes un saludo del Primer Congreso de la Unión de Juventudes Comunistas. Ahora hablaba dos y tres veces al día ante los jóvenes obreros berlineses.
Escuchaban con fija atención, hacían miles de preguntas, me ayudaban a hallar las palabras que me faltaban, a veces estallaban en carcajadas ante los inverosímiles descubrimientos que hacía en el idioma alemán.
Después de las reuniones me rodeaban. Todos deseaban reiterar una y otra vez las palabras de amistad y fraternidad revolucionaria que yo debía transmitir en su nombre a la juventud revolucionaria de la Rusia Soviética.
Aquellos días me entrevisté con Rosa Luxemburgo, "Rosa Roja", como la llamaban los obreros alemanes. A través de los camaradas me pidió que fuera a verla a una casa en Schöneberg. Difícilmente fuera su casa; debía ser de alguno de sus amigos.
Llegué un poco antes de la hora señalada. Rosa no había venido todavía. Hojeaba yo un volumen de Goethe, cuando sonó brevemente el timbre, como si lo hubiera rozado un pájaro con sus alas.
Rosa se quitó las botinas en el recibidor y, con el sombrero y el abrigo de piel puestos, corrió a la habitación y me atrajo hacia sí. Me conocía desde mi niñez y quería mucho a mi madre. La última vez que nos habíamos visto fue cuando estuvimos un verano en el litoral alemán siete años atrás. A la sazón hacía un tiempo claro, el cielo era transparente, y de la mañana a la noche nos estábamos en la dorada arena o recogíamos flores en el campo para formar un herbario.
Los recuerdos de aquellos tiempos reconfortaron por un instante nuestras almas. Rosa quería verme, ante todo, para conocer lo más posible de la Rusia Soviética, de la Revolución rusa. Me preguntó por Lenin, se interesó por su salud, me asediaba a preguntas acerca de los días de Octubre y de los frentes de la guerra civil, escuchaba con el semblante arrebolado y de nuevo volvía a preguntar.
... Estuvimos hablando hasta muy tarde. Antes de terminar, Rosa me dijo que soñaba con hacer un viaje a la Rusia Soviética.
- Iré, iré sin falta, iré en los próximos meses. ¡Necesito tanto ver a Lenin, hablar con él! -repetía.
Llegó la hora de separarnos. Nos despedimos. Rosa me contempló desde la puerta, alegre, animosa, con sus hermosos ojos negros.
- ¡Hasta pronto! -dijo.
¿Podía yo pensar, acaso, que era la última vez que la viera?
El 29 de diciembre, domingo, se enterraba a los marinos caídos en las calles de Berlín durante el sangriento desarme de la división revolucionaria de marina. Era el tercer entierro de víctimas, en Berlín, en las siete semanas de revolución. Pero esta vez, en los ataúdes forrados de tela roja iban los cadáveres de los que habían sido masacrados por orden del Gobierno socialdemócrata.
Era un frío y nuboso día de diciembre. Cuando llegamos al lugar ya se había congregado mucha gente. Venían de todas partes. Llamaba la atención la multitud de banderas y carteles rojos.
El cortejo fúnebre se encaminó a Friedrichshain, el cementerio de los caídos en las jornadas de marzo de la revolución de 1848. El camino pasaba a través de los barrios de la burguesía. Sobre las casas ondeaban provocativas las banderas negro-blanquirojas. Los féretros con los cadáveres fueron colocados en elevados catafalcos, tirados por negros corceles cubiertos de gualdrapas fúnebres.
"¡Abajo Ebert y Scheidemann!" -decía la consigna escrita en las pancartas. Lo mismo gritaban los que acompañaban a los camaradas caídos.
En las aceras se agolpaba el público burgués. Cubría de improperios y maldiciones a los que iban en los ataúdes y a quienes formaban el cortejo. El aire mismo parecía pesado, hasta tal punto estaba saturado de odio.
Se acercaba el Año Nuevo. Aunque los tiempos que corrían eran alarmantes, los espartaquistas amigos de Kurt decidieron celebrarlo juntos. Organizaron la cena, aportando cada uno lo que pudo: éste, unas pocas patatas; aquél, unos nabos; otro, un paquete de café de bellotas. Un camarada consiguió, incluso, una botella de vino de Mosela.
Se bebió el vino; se dio buena cuenta de la frugal cena y la conversación giró en torno al tema que interesaba a los allí presentes: la suerte de la revolución alemana.
Entre los reunidos en la velada de Año Nuevo se pusieron de manifiesto profundas divergencias en los problemas de la lucha práctica; muchas cosas no estaban claras para ellos, otras las confundían y se equivocaban. Pero les unía lo principal: la decisión de luchar hasta el fin y una fé inquebrantable en el futuro. Parafraseando las famosas palabras de Lutero, uno de los camaradas dijo:
- ¡La Alemania socialista triunfará! ¡Esta es mi opinión y no puede suceder de otro modo!
Eran cerca de las dos cuando golpearon a la puerta de una manera convenida: dos golpes seguidos, el tercero después de un intervalo. Entró un camarada al que yo desconocía y a quien todos llamaban Walter.
- ¡Queridos amigos! -dijo-. En la vida del proletariado alemán acaba de producirse un gran acontecimiento: el Congreso de partidarios del "Spartak" ha tomado el acuerdo de crear el Partido Comunista de Alemania.
De haber estado allí solamente nosotros, los jóvenes, nos hubiéramos puesto a gritar de entusiasmo. Pero había gente que acababa de salir de la clandestinidad sufrida en la época del Kaiser y que sabían que el mañana habría de depararles quizás una clandestinidad más dura todavía. Se unieron las manos, entrelazándolas sobre la mesa en un solo apretón. Entonaron La Internacional como la cantan en los presidios, con la boca cerrada, pronunciando las palabras para adentro. ¡Qué impresionante fuerza, cuánta ira y esperanza había en aquellos solemnes acordes apenas audibles del himno de la clase obrera mundial!
Nos dispersamos al amanecer. Por la amplia calle desierta corría en dirección a nosotros un hombre que cojeaba un poco. En una mano sostenía un cubo con engrudo, en la otra un rollo de proclamas de vivo color verde. Corría de una casa a otra; con un ágil movimiento untaba la proclama de engrudo y la pegaba en la pared.
Kurt encendió la linterna de bolsillo y leímos un llamamiento de la "Liga antibolchevique", dirigido al pueblo alemán, en la que se anticipaba la futura voz de Hitler:
¡Duermes, Bruto!
¡Despierta!
¡Despierta, pueblo alemán!
¡Comprende el peligro que te amenaza: el bolchevismo!
. . . . .
¡Todos a la lucha contra el «Spartak"!
¡Pueblo alemán, despierta!

"¡Fui, soy y seré!"

Hacía ya una semana que habíamos llegado a Berlín. Se acordó que, en la primera posibilidad que se presentara, marcharía a Moscú. Mientras tanto, ayudaba a Erna; lavaba para las casas ricas. En Alemania habían quedado muchos señores, así que trabajo no faltaba.
El sábado, cuatro de enero, Kurt regresó antes de caer la noche; traía los bolsillos llenos de octavillas. Era portador de importantes noticias: el Gobierno había destituido del cargo de jefe de policía al "independiente" Eichhorn y designado en su lugar al socialdemócrata de derecha Eugen Ernst.
- Estos señores han decidido hacernos la guerra -dijo Kurt reuniendo en la escalera a la gente obrera de la casa-. ¡Pero nos veremos las caras!... ¡Los vamos a mandar al diablo!
A la mañana siguiente nuestra casa se puso en movimiento temprano, cosa que no era habitual los domingos. Por lo menos en una tercera parte de los pisos se oían portazos y silbaban los infiernillos en los que se hacía el café.
Al principio salieron de nuestra casa unas treinta personas. Luego se les unieron otras. Un inválido del tercer piso, que había perdido en la guerra el brazo derecho, tenía una bandera roja que había escondido después de las jornadas de noviembre.
De todas partes afluían grupos de gente que se dirigía a Unter den Linden. En la densa niebla matutina surgían aquí y allá banderas rojas, se oían gritos: "¡Abajo Ebert y Scheidemann!", "¡Viva Liebknecht!", "¡Viva Eichhorn!"
Cerca del mediodía alguien propuso dirigirse al palacio del canciller del Reich, residencia del Gobierno. En el enorme edificio parecía que no había vida, las ventanas tenían corridos los tupidos y oscuros cortinajes; las altas puertas macizas parecían cerradas con siete candados.
Volvimos de nuevo a Unter den Linden. Los manifestantes continuaban de pie. Luego, no sabiendo qué hacer, empezaron a dispersarse. Regresé a casa con los vecinos. Kurt se marchó a buscar a los camaradas. Tardó en regresar y dijo que una parte de los manifestantes había ocupado las redacciones del periódico socialdemócrata Vorwärts y de varios periódicos burgueses y que se había acordado ir a la huelga general al día siguiente.
Aquella noche apenas si se durmió en nuestra casa. Antes de amanecer, los obreros se encaminaron a sus fábricas. No se publicó ni un sólo periódico burgués.
Kurt no quería llevarme con él; pero yo le convencí. Era muy temprano, la mañana se despertaba en medio de una niebla grisácea. Todavía estaban encendidos los faroles, proyectando sombras difusas.
En la plaza situada delante de la Jefatura de Policía se congregó mucha gente. Había empezado a clarear. La niebla se esfumaba. La muchedumbre se agolpaba cada vez más. Por todas las calles adyacentes a la plaza avanzaban acompasada e inconteniblemente oscuras columnas, sobre las cuales ondeaban las banderas rojas. Muchos llevaban armas. Kurt vio aparecer entre la niebla a un muchachillo obrero que llevaba en cada hombro un fusil.
- ¡Camarada: dame uno! -pidió Kurt.
- ¡Toma!
La plaza no podía dar cabida a todos los que llegaban; la gente llenaba las calles vecinas y se apretaba, formando una masa compacta que se extendía a lo largo de varios kilómetros. Se había reunido no menos de medio millón de personas. Nunca había visto Berlín una manifestación tan potente de proletarios revolucionarios.
Hacía mucho frío. Por el cielo se arrastraban muy bajas las nubes. La gente aterida y mal abrigada se movía sin cesar para combatir el frío, mirando pacientemente el edificio de la Jefatura de Policía. Allí se celebraba una amplia reunión de los "decanos revolucionarios" cuyos componentes eran en su mayoría "independientes". De vez en cuando uno de los reunidos salía al balcón y decía algo. El gentío transmitía sus palabras: "La reunión continúa", "Se examina la cuestión", "De un momento a otro se llegará a un acuerdo".
De este modo transcurrió una hora, otra y otra. La gente continuaba esperando. Una hora más, dos, tres. Ya oscurecía, la niebla se iba haciendo de nuevo más densa, pero la gente permanecía en pie, temblando de frío con finas cazadoras de poco abrigo, cosidas en su mayoría de viejos capotes de soldado. Había venido para vencer o morir, y estaba dispuesta a aguardar, en tanto le quedaran fuerzas, hasta que la lanzaran al combate.
En la Jefatura de Policía continuaban reunidos. Al fin apareció en el balcón el orador de turno.
- ¡Camaradas! -gritó-. Hemos acordado entrar en negociaciones con el Gobierno. ¡Marchaos a casa! ¡Si hacéis falta os llamaremos!
Por la muchedumbre rodó un murmullo de perplejidad y de ira: "¿Cómo? ¿Qué conversaciones puede haber con Ebert y Scheidemann?"
- Tenemos noticias de que el Gobierno está dispuesto a hacer concesiones de buen grado y acepta las negociaciones -gritó el orador-. ¡Como nosotros, está interesado en que lo haya derramamiento de sangre!
Pero el orador se equivocaba por entero. Mientras 500.000 proletarios berlineses permanecían en la calle y en la Jefatura de Policía estaban reunidos sin cesar, en el despacho de Ebert, en el palacio del canciller del Reich, en la Wilhelmstrasse, se habían reunido los líderes del partido socialdemócrata. Allí se encontraba también el socialdemócrata de derecha Gustavo Noske, ex gobernador de Kiel.
Los que habían visto a Noske decían que era un hombre de tronco corto y pesado y con unas manazas enormes que no correspondían a su estatura. Nunca intervenía el primero, escuchaba largo tiempo a los demás, volviéndose hacia el orador con todo su cuerpo. Luego se levantaba, apoyándose en la mesa con sus puños descomunales y empezaba a decir sin rodeos, con frases cortas y desabridas, lo que Ebert y Scheidemann aderezaban con todo género de equívocos.
Así ocurrió en esta ocasión. La destitución de Eichhorn fue el primer acto de la provocación tramada por estos señores, a fin de sacar las masas a la calle y a renglón seguido organizar una represión sangrienta. La provocación se había logrado, las masas se echaron a la calle; era llegada la hora de proceder a la represión.
Unos años después, en su libro de memorias De Kiel a Kapp, Noske contaba: "Alguien me preguntó: "¿No pones manos al asunto?" A esto respondí brevemente: "¡Por qué no! ¡Alguno de nosotros tiene que asumir el papel de perro sanguinario!"
Noske fue designado comandante en jefe de las tropas encargadas del orden. Sin perder ni un minuto, acompañado de un capitán joven vestido de paisano, se dirigió al edificio del Estado Mayor General, al objeto de examinar la situación con los generales del Kaiser que allí se encontraban y tomar las medidas necesarias. Pasada la Wilhelmstrasse tropezaron en la Unter den Linden con una patrulla obrera; pero les bastó con urdir una patraña inverosímil para que les dejaran pasar.
En una habitación del edificio del Estado Mayor estaban reunidos muchos oficiales y varios generales. Tenían preparada la orden nombrando al general Hoffmann jefe de las fuerzas punitivas. La aparición de Noske y su declaración de que a él se le había encomendado el mando supremo de las fuerzas punitivas fueron acogidas con ruidosas muestras de aprobación: los oficiales y generales del Kaiser habían aprendido algo en los últimos meses y se daban perfecta cuenta de que, en aquellas condiciones, Noske era mucho más útil que Hoffmann.
En aquella reunión se acordó trasladar el Estado Mayor de Berlín a Dalem, y concentrar en la región de Potsdam las fuerzas de choque para reprimir al Berlín revolucionario.
Regresamos tarde a casa. Erna había preparado una sopa de nabos.
Después de comer, me senté en una silla junto a la estufa.
- ¿En qué piensas? -me preguntó Kart.
-En nada...
Sentía escalofríos; por mi imaginación pasaban ideas incoherentes. En un estado semiinconsciente vi un gran barco, brillantemente iluminado, que navegaba raudo en la noche por un anchuroso río. Luego me di cuenta que no era un buque, sino el Smolny resplandeciente de luces, tal y como apareciera en las grandes jornadas de Octubre.
Sonó el timbre. Vino uno de los camaradas con los que habíamos celebrado el Año Nuevo. Me dijo que no fuera a ningún sitio. Todos los ciudadanos soviéticos que se encontraban en Berlín debían permanecer en casa; los scheidemannistas podían organizar cualquier provocación si caía en sus manos alguien de los rusos.
El camarada propuso a Kurt que fuera con él. Kurt se vistió y tomó el fusil que le había dado por la mañana un joven obrero. Una fuerza incontenible me impulsaba a abrazarle y besarle. Permanecí de pie, acariciando la manga de su capote hasta que se marchó.
Entonces empezaron para mí tormentosos y duros días de espera. Kurt no regresó aquel día, ni al siguiente, ni al otro. No había periódicos y la gente que iba a la ciudad traía los rumores más fantásticos y contradictorios.
El jueves recibimos una breve nota de Kurt, Decía que se encontraba en la redacción del periódico Vorwärts ocupada por los obreros revolucionarios. El camarada que trajo la nota dijo que Liebknecht hablaba de la mañana a la noche en diversos lugares de la ciudad. Rosa también. Los obreros habían conseguido apoderarse de varios establecimientos oficiales y estaciones. En distintos confines de la ciudad se producían choques con los partidarios del Gobierno.
La noche del viernes al sábado llegó a nuestros oídos un fuerte tiroteo. Hasta entonces en la ciudad había fuego de fusilería, pero ahora se oían las ametralladoras y artillería.
El sábado llamó a nuestra puerta el inválido del tercer piso. Dijo que por la parte de Potsdam habían entrado en la ciudad tropas gubernamentales, a la cabeza de las cuales iba Noske. Habían asaltado el local del periódico Vorwärts.
Todo el día estuvimos esperando a Kurt; durante la noche del sábado al domingo no pegamos un ojo. Pero Kurt no vino.
Las tropas del Gobierno continuaron limpiando de insurgentes la ciudad. El lunes, los obreros fueron desalojados de sus últimos reductos fortificados. Después de un intervalo de una semana, salieron los periódicos burgueses y Vorwärts. En las primeras páginas se destacaba en gruesos titulares: "¡La tranquilidad es completa en Berlín!"
"¡La tranquilidad es completa en Berlín"! -escribía por aquellos días Rosa Luxemburgo- "¡La tranquilidad es completa en Berlín!" -afirma la prensa burguesa triunfante, corroboran Ebert y Noske, repiten los oficiales del "ejército victorioso", a los que la muchedumbre burguesa saluda en las calles de Berlín… "Spartak" es el enemigo y Berlín, el lugar donde nuestros oficiales pueden vencer. Noske es el general que sabe obtener victorias donde fuera incapaz de lograrlas el general Ludendorff".
Y dirigiendo a los enemigos del proletariado las últimas palabras que había de escribir en su vida, "Rosa Roja" exclamaba con odio:
"¡La tranquilidad es completa en Berlín!" Sois unos lacayos obtusos. Vuestra tranquilidad se asienta sobre arena movediza. La Revolución se alzará de nuevo mañana y a los sones de trompetas que os harán temblar anunciará: "¡Fui, soy y seré!"

Tristis

Pasaron el sábado y el domingo. Erna y yo permanecimos todo ese tiempo tratando de vencer la emoción, atendiendo a cada ruido en la escalera. Pero Kurt no venía.
El domingo decidimos ir al lugar de donde había llegado la última noticia de él, a la redacción de Vorwärts.
Las calles eran un hormiguero de gente endomingada. Señoras y señores atildados se paseaban, contemplando alegremente las huellas del reciente combate; daban cariñosos golpecitos en la coraza de acero de los blindados que habían entrado en Berlín, encabezando el desfile de las tropas de Noske; se deleitaban en la lectura de las consignas que se veían por todas partes: "¡Muera Liebknecht!" "¡Muera Rosa Luxemburgo!"
La soldadesca saciada, ebria de sangre, era el héroe de la jornada. Los oficiales, atusándose los bigotes a lo Kaiser, acogían benevolentes las sonrisas de las damas. Los soldados rebuscaban por sótanos y buhardillas a los obreros escondidos. Cuando la caza daba resultado, arrojaban al hombre golpeado y sangriento a la muchedumbre, y las engalanadas damas lo pisoteaban con los altos tacones de sus botinas de moda, sujetas con cordones hasta las rodillas.
Helada de espanto me agarré al brazo de Erna. Aquello me recordaba la represión contra los hombres de la Comuna de París, que conocía por mis lecturas. Estos señores no habían leído ni a Arnould ni a Lissagaray, pero actuaban exactamente del mismo modo que los versalleses. Evidentemente, para ser verdugo burgués bastaba ser simplemente burgués.
Por fin, conseguimos dominarnos y entrar junto con aquella enfurecida muchedumbre en la redacción del Vorwärts. Allí olía a sangre y a humo de pólvora. A la entrada se veían los restos de la barricada que los obreros habían levantado con resinas de periódicos y. rollos de papel. Los rollos formaban la base de la barricada, las resmas estaban reforzadas con alambre y colocadas de manera escaqueada, a fin de dejar orificios para las troneras.
Seguimos adelante, esperando y temiendo al mismo tiempo ver alguna cosa que denotara la suerte que había corrido Kurt. Por todas partes se veían salpicaduras de sangre, en las paredes había fragmentos de sesos humanos. Los que habían perecido allí no habían muerto en combate, sino rematados a culatazos por los feroces mercenarios.
Cinco días, cinco terribles días, estuvimos buscando a Kurt por hospitales, clínicas y depósitos de cadáveres. Todo estaba atestado de heridos y muertos. Los heridos se encontraban tirados en los pasillos, unos delirando y otros muriendo. Unos cadáveres estaban apilados, otros en informe montón. Aun después de muertos, los rostros conservaban la intensa y desesperada decisión que tuvieran en el momento del último combate.
El miércoles 15 de enero en Die Rote Fahne apareció un artículo de Liebknecht titulado "¡A pesar de todo!" Con inmensa emoción leímos sus ardientes palabras:
"... Nuestro barco mantiene decididamente y con orgullo su rumbo hacia la meta final, hacia la victoria.
Vivamos o no nosotros cuando esta victoria se logre, nuestro programa vivirá. ¡Abarcará a todo el mundo de la humanidad liberada, pase lo que pase!
Las masas proletarias ahora dormidas serán despertadas por el imponente estruendo del derrumbamiento que se aproxima, cual si sonaran las trompetas anunciando el juicio final. Entonces resucitarán los luchadores asesinados y exigirán cuentas a los asesinos malditos. Hoy se oye solamente el ruido subterráneo del volcán, pero mañana vomitará su fuego y en los torrentes de su lava ardiente enterrará a todos esos asesinos".
La tarde de aquel mismo día le mataron. A él y a Rosa...
Todos sabían que iban a la caza de ellos. La burguesía aullaba exigiendo que se diera con su paradero, que se les apresara y se les hiciera pedazos. Scheidemann prometió 100.000 marcos a quien los presentara vivos o muertos. Dos días antes del asesinato, Vorwärts publicó unos versos que terminaban con un llamamiento abierto al asesinato de Carlos y Rosa: "¡Los muertos están tendidos en fila por centenares; pero Carlos no figura entre ellos! ¡No están Rosa y compañía!"
Nadie creyó lo que decía un comunicado gubernamental publicado el jueves, en el que se afirmaba que Liebknecht había resultado muerto por intento de fuga, y que a Rosa la había despedazado una muchedumbre casualmente congregada. Investigaciones posteriores evidenciaron que el comunicado oficial fue del principio al fin una mentira consciente y premeditada.
Carlos y Rosa fueron capturados el miércoles, a las 9 y media de la noche, por los matones del regimiento socialdemócrata del Reichstag. Condujeron a los arrestados al hotel "Eden", situado en la parte oeste de Berlín, y los entregaron al estado mayor de la división de caballería de fusileros de la guardia, al frente de la cual se encontraba el capitán Pabst, mano derecha de Noske.
A Carlos y Rosa los tuvieron en el "Eden" muy poco tiempo; luego les comunicaron que les trasladaban a la cárcel de Moabit. Primero llevaron a Liebknecht. Le acompañaron el capitán Pflugk-Hartnung y el ober-teniente Vogel, futuro hitleriano.
Cuando conducían a Liebknecht al automóvil, tal y como había sido previamente ordenado por Pabst, se acercó a él un tal Runge y le asestó varios culatazos en la cabeza. Chorreando sangre, metieron a Liebknecht en el automóvil que se dirigía a Tiergarten. En medio del parque, el automóvil se detuvo simulando una avería. A Liebknecht se le ordenó salir y marchar adelante. Apenas anduvo unos pasos, el teniente Liepmann y el mencionado Pflugk-Hartnung le dispararon a bocajarro por la espalda, causándole la muerte. Llevaron el cuerpo de Liebknecht a un puesto de socorro urgente situado no lejos de allí y lo entregaron como el cadáver de un "desconocido".
Desde la salida de Liebknecht con sus asesinos del hotel "E den" hasta la entrega del cadáver en el puesto de socorro transcurrieron solamente diez minutos. A las 23 y 20 minutos se informó a Pabst que el asunto había concluido. A los veinte minutos Pabst entregó Rosa Luxemburgo a Vogel.
Cuando Rosa, a la que conducían agarrada de los brazos el director del hotel y Vogel, bajaba por la escalera, corrió a su encuentro el mencionado Runge y con la misma culata le golpeó la cabeza.
Rosa perdió el conocimiento. La llevaron a rastras y la arrojaron al automóvil. Tan pronto el coche se puso en marcha Vogel y el teniente Krul dispararon sobre Rosa. Krul quitó a la muerta el reloj de pulsera y se lo metió en el bolsillo. El automóvil se detuvo junto al canal situado entre el puente Cornelius y el de Lichtenstein. Sacaron el cadáver de Rosa a la calzada, lo ataron con un alambre, le colocaron un peso y lo arrojaron al canal.
Fue descubierto tan sólo varios meses después.
La noche del jueves, ya muy tarde, al salir del depósito de cadáveres de la ciudad, oímos unos pasos sordos que resonaban en la calle desierta. Cuando llegó a nuestra altura reconocí a un amigo íntimo de Rosa, Leo Joguiches. Hablé con él. Preguntó con tristeza si no habíamos visto en el depósito el cadáver de Rosa. No, allí no estaba.
Dos meses después Leo Joguiches fue capturado por los perros de la jauría de Noske y asesinado en la cárcel.
Sólo el viernes por la mañana identificamos a Kurt entre unos cadáveres en el depósito de un hospital en Pankov. Tenía la cabeza destrozada, los ojos saltados de las órbitas, la cara era un cuajaron sanguinolento. Se le podía reconocer solamente por las manos y la ropa.
Al otro día dimos sepultura a Kurt, A la mañana siguiente vino a por mí un camarada. Dijo que había una ocasión y que podía ir a Moscú con dos colaboradores de la Comisión Soviética encargada de asuntos de los prisioneros. Se habían retenido en Berlín después de la expulsión de nuestra embajada, en vísperas de la Revolución de noviembre, y ahora regresaban a la Rusia Soviética.
Como mareada, me despedí de Erna, así mismo subí al tren y transcurrió para mí todo el camino; como mareada oí que en las elecciones a la Asamblea Constituyente de Alemania los socialdemócratas de derecha habían obtenido la mayoría. Mi boca tenía un sabor a herrumbre, en todas partes me parecía que había un olor denso a cadáveres y a fenal.
Una fría noche de enero nuestro tren llegó al andén de la estación de Moscú. Hacía tan sólo dos meses y medio que había partido de allí y me parecía que había transcurrido una vida entera.
Mis acompañantes se despidieron de mí y marché sola por las calles nevadas de Moscú. Era difícil andar, estaba resbaladizo. A causa de la inanición, me daban mareos.
Cerca del Soviet de Moscú había un coche cerrado. La puerta del edificio se abrió y apareció un hombre con cazadora de cuero. Era Yákov Mijáilovich Sverdlov. Ya se había subido al automóvil cuando me acerqué a él. La emoción me agarrotaba la garganta y no podía pronunciar ni palabra. Me miró y al reconocerme dijo algo en alta voz; luego me metió en el coche, me llevó al Kremlin y me condujo a la comandancia. Allí ordenó que inmediatamente calentaran el baño, que arrojaran todos mis efectos al fuego y me dieran ropa de soldado rojo. Dijo que luego le llamaran y vendría a recogerme para llevarme a casa.
Una hora después estaba sentada en la comandancia con las mangas de la guerrera recogidas por ser demasiado largas. Bebía té caliente en una jarra de hojalata. La comandancia estaba instalada en una habitación espaciosa y mal alumbrada. En los bancos colocados a lo largo de las paredes había sentados unos jóvenes soldados rojos que hablaban a media voz, evidentemente de algo relacionado conmigo. Oí palabras sueltas: "de Berlín", "los mencheviques han vencido allí...", "el pueblo las pasará muy mal..."
Descansé. Me sentía bastante bien y a fin de no restar tiempo a Sverdlov me fui a pie hasta mi casa.
Atardecía. El cielo tenía tonalidades verdes y argentadas.
Detrás de los dentados tejados de Kitaigorod apuntaba el disco anaranjado de la luna. Entre las columnas de la Casa de los Sindicatos pendían, enmarcados en rojo y con crespones de luto, los retratos de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, al pie de los cuales estaba escrito con grandes letras: "¡El mejor desquite por la muerte de Liebknecht y Luxemburgo es la victoria del comunismo!"
En el retrato, Carlos estaba mucho más joven que en los últimos meses de su vida. Rosa aparecía tal y como yo la vi al despedirme de ella en Berlín; era igualmente tierna y penetrante la mirada de sus hermosos ojos oscuros.
"El hombre debe vivir como una vela que arde por ambos extremos" -gustaba decir Rosa.
Así vivieron los dos: Rosa y Carlos. ¡Que su memoria perdure eternamente!
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